Ese gran impostor llamado Guillermo Rigondeaux

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Guillermo Rigondeaux culminó su principal acto de provocación contra el aficionado al boxeo: no dejarse ver en la pelea en la que más querían verlo todos. Por años se habló de la posibilidad de enfrentar al cubano con Vasyl Lomachenko en un combate en el que se encontrarían dos de los peleadores más dotados técnicamente, y con vitrinas llenas de medallas olímpicas. Dos peleadores con escuela, con talento, con arte.

Pero Rigondeaux no ha sido un peleador que se preocupe por lo que piensa el aficionado. Al contrario: sus palabras y sus peleas, parecen cuidadosamente diseñadas para ir contra las masas. Como en el cine, el Chacal ha hecho un boxeo de autor, un boxeo para él, primero para él, siempre para él, y solo para él.

En un cuadrilátero de boxeo, el arte y la mezquindad conviven en los márgenes de una línea muy delgada que a veces, muchas veces, llega a cruzarse. Pero cada vez que se cruza, el agua vuelve a su cauce. Lo hemos visto en Floyd Mayweather Jr., un peleador que dominó como pocos el arte de la defensa, pero en quien había una convicción de seguir vendiendo y de cierta forma atacaba defendiéndose. Andre Ward llegó también a caminar por esa cornisa sin terminar de caer al precipicio.

En los peleadores que son defensivos, elusivos, rápidos, aquellos que dominan la cintura, la guardia y los tiempos como pocos, hay un dejo de irritación. En su afán de sacar de quicio al rival y desesperarlo, muchas veces llegan a llevarse en el remolino también al aficionado. Pocos peleadores fueron más hábiles para irritar que Pernell Whitaker, un peleador que se ganó su pase al Salón de la Fama derrumbando a los ídolos del pueblo, como un matador que elude con maestría al más bravo toro de lidia. 

No tengo nada contra los peleadores que dominan el arte de la defensa. Al contrario: como mexicano he de confesar que mi peleador favorito de entre todos los boricuas es precisamente uno que contrasta totalmente con el estilo mexicano de boxeo. Y ese peleador es Wilfredo Benítez, el Radar. Porque algo hay de fascinante en esos peleadores que, precisamente como radar, parecen adivinar dos segundos antes cómo viene un golpe, para echar a andar una sofisticada maquinaria de nervios y tendones para eludir el envío. Mucho de arte hay en peleadores como Benítez. Y mucho también de incomprensión.

Pero en este tipo de peleadores, cuando su afán de irritar rebasa con frecuencia los límites, llegan a convertirse en peleadores mezquinos. Y pocos peleadores han rebasado más veces ese límite que Guillermo Rigondeaux. Muchas veces, Rigondeaux tuvo a los rivales a su merced a media pelea, rendidos, desesperados, desquiciados, y el cubano tenía todo para liquidarlos, para lanzarse como un felino sobre la presa herida, pero en vez de eso, se dedicada seis rounds a caminar el ring, jugar con su ventaja, meter dos o tres golpecitos, abrazar al rival. La lógica de Rigoundeaux era sencilla: ya había desesperado al rival, ahora había que desesperar al aficionado. Todos en la arena teníamos que jugar bajos sus términos. Es un dictador sobre el ring. 

Lo que sabíamos que el tenía, lo que podía ser, y lo que queríamos ver de Guillermo Rigondeaux, él también lo sabía. Y lo escondía. Se lo guardaba. Solo él dispondría cuándo exhibirlo. 

Y en la pelea que más queríamos ver, Guillermo Rigondeaux simplemente dijo no. Por años habló, retó, provocó a Vasyl Lomachenko. Y cuando por fin consiguió la pelea, se salió, se quitó del combate, no luchó, no fue al extremo, no se jugó el resto. Simplemente miró a la arena, al público, al rival y el dictó cómo habría de terminar la pelea. Otra vez, ese pequeño dictador, ese tirano del cuadrilátero.

Guillermo Rigondeaux pasará a la historia como el peleador que pudo ser, no por lo que fue. Pasará la historia por haber descarrilado la carrera de Nonito Donaire a base de meterlo en un laberinto, pero al final, hasta el propio Rigondeaux se quedó atrapado en ese laberinto. Jamás pudo salir.

El hombre que de tan artista, perdió la cordura, se metió a su propia fantasía. Ahí va Guillermo Rigondeaux, ese gran impostor.

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